Cuentan que cierto escritor de principios del siglo veinte llenaba cada día su papelera con cientos de folios en blanco. Insatisfecho siempre con el resultado de un texto que siquiera había comenzado a bosquejar. Su exclusiva Remington permanecía intacta. Ni una tecla había sido pulsada en meses, años quizá. Introducía el folio, se quedaba un rato observándolo, le daba al rodillo, extraía el papel, lo arrugaba y lo tiraba. El ama de llaves corrió la voz. Su patrón se había trastornado. El alguacil llegó acompañado de un psiquiatra. Hallaron al hombre dormitando en su sillón, con medio cuerpo tendido sobre la mesa. La mesa, la papelera, el suelo… llenos de folios ovillados. Todos en blanco. «¿Se encuentra bien?», preguntó el doctor a aquel desdichado de semblante mustio y ojos vidriosos que los observaba aún adormilado. «Sí», fue su respuesta, «¿por qué?, ¿ocurre algo?». «Parece que las musas no lo acompañan», respondió el alguacil. «Sí, eso parece», admitió el escritor, resignado. «Quizá convenga que lo examine el doctor», insinuó el oficial. «Por supuesto», secundó el psiquiatra, «estoy convencido de que me interesará cualquier cosa que tenga que contarme». Dicen que entonces el rostro del escritor se iluminó. «No», respondió, «creo que eso ya no será necesario». Y acto seguido se puso a escribir como un poseso la historia de cierto escritor de principios del siglo diecinueve que llenaba cada día su papelera con cientos de folios en blanco.
Un saludo,
Manuel M. Almeida
