El niño veía en las estrellas cosas que nadie más veía. Se veía a sí mismo, pero eran otros sus padres, era otro su mundo y era otra su vida. Ansiaba conocer a ese otro niño-él y cada noche, apostado en su ventana, charlaba como en sueños con su reflejo sideral casi hasta el amanecer. Tú eres único, le regañaban, déjate de fantasías. Una mañana sus padres no lo hallaron en la cama. Sobresaltados, llamaron a la policía. No había señales de violencia ni de rapto. Mañanas después, los padres sintieron ruido en la habitación del niño. Allí estaba, en la cama, como si nada. Sobresaltados, los padres volvieron a llamar a la policía. Sabido es que los padres tienen ese tic ante cualquier situación inesperada. La policía no pudo hacer otra cosa que cerrar el caso. Esa noche el niño volvió a mirar a las estrellas, pero lo hizo desde un lugar distante del universo. El niño miraba a la Tierra. Y a ese niño-él que se apostaba en aquella ventana que antes había sido suya. Eran en verdad dos niños únicos. ¿O no? De cosas como esa es de lo que hablaban.
Un saludo,
Manuel M. Almeida
