«Una de las cosas que llamaron mi atención en aquella escala fueron los continuos altercados que se producían en los vehículos de transporte urbano, consecuencia directa del envejecimiento demográfico que afectaba a ese pequeño planeta. Pasando el grueso de los viajeros de largo de los setenta, bastaba con que alguno ejecutara siquiera un amago de ceder el asiento para que el interpelado se deshiciera en insultos hacia su benefactor y le recriminara el evidente menosprecio que constituía suponer que se hallaba en algo más disminuido que ella o él para soportar el trayecto en pie estoicamente como un muchacho. Coincidiendo, además, esta explosión de ancianidad con las leyes nativas que dictaban la jubilación a los noventa y la proliferación de gimnasios Old Age, era en cierto modo chocante observar a aquella multitud veterana intentando aparentar lozanía, portando penosamente mochilas, notebooks, tabletas, móviles, maletines o carpetas y exhibiendo _músculo_ a través de camisetas sin mangas y faldas y pantalones ajustados. En no pocas ocasiones se llegaba a las manos por un «siéntese aquí» o un «cuidado, que se cae», si algún tercero no lo remediaba. Las autoridades habían ideado inmensos vehículos de hasta cuatro pisos atestados de asientos, pero así y todo era difícil controlar los conatos de agresividad en las horas punta. Y como quiera que la jornada laboral se había extendido hasta las dieciocho horas, horas punta eran casi todas. Ver salir volando a un abuelo por la ventana o frenar en seco para atender a una señora magullada eran escenas constantes en el día a día. Esto fue lo que observé y esto fue lo que escribí antes de partir en mi nave hacia TRAPPIST-1 e, donde debía cubrir los efectos de la enésima erupción volcánica».
Un saludo, Manuel M. Almeida
